4 ago. 2014

Día 3 - USS Intrepid, High Line y turistadas varias

Ayer estuvimos en el USS Intrepid, un portaaviones de la segunda guerra mundial que han reconvertido en museo del mar, el aire y el espacio. La idea de poder moverte a tus anchas en barco de este tipo ya me pareció atrayente, pero además hay que sumarle otros alicientes.


En la explanada del muelle hay un Concorde de British Airways, y no todos los días se tiene la ocasión de entrar en una de estas míticas aeronaves supersónicas. En su día, los Concorde cruzaban el atlántico en un tiempo récord, subían tan alto que desde la ventana se apreciaba la curvatura de la tierra, y se servían deliciosas comidas en vajillas de porcelana china para sus exclusivos pasajeros: hombres de negocios, artistas, deportistas o la propia familia real británica.



Así que no lo pensamos y nos embarcamos en la visita guiada del Concorde. Después de un cuarto de hora de introducción, explicando la historia de los vuelos transatlánticos, y durante la cual mi cerebro casi se fríe (el inglés lo entiendo bien, pero el guía hablaba muy rápido y sin respirar, mi procesador-traductor iba al límite), llegó el momento de entrar en el famoso avión. Ahí si que la visita se puso interesante, el guía nos contó muchas anécdotas relacionadas con personajes famosos, récords de los Concorde, y el plato fuerte, nos dejó entrar en la cabina del piloto. Es sorprendente que hace 40 años, con una tecnología tan limitada, se pudiera llegar a construir un avión tan avanzado, y aún hoy sin parangón en la aviación comercial moderna.


El segundo aliciente es la lanzadera Enterprise. Una de las seis famosas naves espaciales de la NASA, ya retiradas del servicio. Tengo que confesar que según íbamos entrando en el pabellón, la emoción se fue apoderando de nosotros. Estábamos contemplando el primer prototipo de lanzadera, y eso si que no se ve todos los días. El Enterprise sorprende por sus dimensiones, y al contrario que en el Concorde, no se puede visitar su interior. No se puede ni tocar, de hecho.



Y en cuanto al portaaviones en si, lo más interesante es la pista de aterrizaje, donde se encuentran varios famosos modelos de aviones y helicópteros, entre ellos un SR71 Blackbird, o un F-14 Tomcat (igual que los de la peli Top Gun), aviones de acrobacia... También se puede subir a la isla del portaaviones, donde se hallan el puente de mando, la sala de mapas, las dependencias del capitán... bueno, realmente te dejan ver una gran parte del portaaviones, tanto que de hecho íbamos para una mañana y acabamos dedicándole casi todo el día. 


Aquí y allá hay ex-marinos que se ofrecen como voluntarios para explicar a los visitantes los detalles que quieran saber sobre el navío. Se me olvidaba que también se puede entrar en un submarino nuclear de cuando la guerra fría con la URSS... resumiendo, visita obligada si te gustan la historia, los barcos, los aviones o las naves espaciales. Si no es así, acabas de leer la entrada de blog más aburrida de tu vida.


Por la tarde, como nos caía "cerca", fuimos andando hasta la High Line, en el barrio de Chelsea. Lo que antes era la vía elevada de un tren de mercancías, ahora es un precioso jardín por el que pasear sobre el viejo barrio industrial del Meatpacking District. Una genial idea, que se ha convertido en uno de los nuevos puntos de interés de Manhattan. Totalmente recomendable para relajarse del estrés de la ciudad y verla desde otra perspectiva.



Luego dedicamos el resto de la tarde a fotografiar algunos sitios que estaban también "cerca" andando o a un golpe de metro. Primero el Chelsea Hotel, un lugar clave en la cultura popular del siglo XX, y donde Leonard Cohen se inspiró para componer una de sus mejores canciones. Luego el cuartel general de los Cazafantasmas, en la vida real un cuartel de bomberos, y finalmente la casa de Carrie, la protagonista de Sexo en Nueva York. Todos estos son sitios en los que realmente no se puede hacer mucho más que ponerse enfrente y echarse una foto, pero de vez en cuando no podemos evitar hacer este tipo de turismo freak.


Día 2: Muchas cosas buenas...y el metro
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